marzo 13, 2011

¿Qué pasaría si les enseñáramos a hablar a los niños? ~ What would happen if we taught children to speak?

En una ocasión, Bill Hull me dijo: “Si les enseñáramos a los niños a hablar, nunca aprenderían”. Al principio pensé que estaba bromeando. Pero ahora me doy cuenta de que era una verdad muy importante. Supongamos que decidiéramos que tenemos que “enseñarles” a hablar a los niños. ¿Cómo lo haríamos? Primero, algún comité de expertos analizaría el habla y la separaría en un número de “habilidades del habla” individuales. Probablemente diríamos que ya que el habla se conforma de sonidos, primero se le tiene que enseñar al niño a hacer todos los sonidos de su lengua antes de enseñarle la lengua en sí misma. Sin duda listaríamos esos sonidos, los más fáciles y comunes primero y los más difíciles y raros después. Luego comenzaríamos a enseñarles a los infantes esos sonidos, siguiendo nuestra lista. Tal vez, para no “confundir” al niño – “confundir” es una palabra malvada para muchos educadores – no dejaríamos que el niño oyera tantas conversaciones ordinarias, sino que sólo le permitiríamos exponerse a los sonidos que estamos tratando de enseñar. Junto con nuestra lista de sonidos, tendríamos una lista de sílabas y otra de palabras. Cuando el niño hubiera aprendido a hacer todos los sonidos de la lista de sonidos, comenzaríamos a enseñarle a combinar los sonidos en sílabas. Cuando pudiera decir todas las sílabas de la lista, comenzaríamos a enseñarle las palabras de nuestra lista de palabras. Al mismo tiempo, le enseñaríamos las reglas gramaticales para que pudiera combinar estas palabras recientemente aprendidas en enunciados. Todo estaría planeado, sin dejarle nada a la casualidad; habría bastantes ejercicios de práctica, repasos y exámenes, para asegurarnos de que nada se olvidara. Supongamos que realmente intentáramos esto; ¿qué pasaría? Lo que pasaría, sencillamente, es que muchos niños, antes de que pudieran llegar muy lejos, estarían frustrados, desanimados, humillados y con miedo; y dejarían de intentar hacer lo que se les pediría. Si, fuera de nuestras clases, vivieran una vida de niño normal, muchos de ellos probablemente ignorarían nuestra “enseñanza” y aprenderían a hablar por su cuenta. Si no, si nuestro control de sus vidas fuera total (el sueño de muchísimos educadores), entonces se refugiarían en el fracaso y silencio deliberados, tal y como muchos de ellos lo hacen cuando lo que se les quiere enseñar es a leer.
Fragmento tomado del capítulo "Habla" del libro: "How children learn", de John Holt.
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Bill Hull once said to me, “If we taught children to speak, they’d never learn”. I thought at first he was joking. By now I realize that it was a very important truth. Suppose we decide that we had to “teach” children to speak. How would we go about it? First, some committee of experts would analyze speech and break it down into a number of separate “speech skills”. We would probably say that, since speech is made up of sounds, a child must be taught to make all the sounds of his language before he can be taught to speak the language itself. Doubtless we would list these sounds, easiest and commonest ones first, harder and rarer ones next. Then we would begin to teach infants these sounds, working our way down the list. Perhaps, in order not to “confuse” the child – “confuse” is an evil word to many educators – we would not let the child hear much ordinary speech, but would only expose him to the sounds we were trying to teach. Along with our sound list, we would have a syllable list and a word list. When the child had learned to make all the sounds on the sound list, we would begin to teach him to combine the sounds into syllables. When he could say all the syllables on the syllable list, we would begin to teach him the words on our word list. At the same time, we would teach him the rules of grammar, by means of which he could combine these newly learned words into sentences. Everything would be planned, with nothing left to chance; there would be plenty of drill, review and tests, to make sure that he had not forgotten anything.
Suppose we tried to do this; what would happen? What would happen, quite simple, is that most children, before they got very far, would become baffled, discouraged, humiliated, and fearful, and would quit trying to do what we asked them. If, outside of our classes, they lived a normal infant’s life, many of them would probably ignore our “teaching” and learn to speak on their own. If not, if our control of their lives was complete (the dream of too many educators), they would take refuge in deliberate failure and silence, as so many of them do when the subject is reading.
Taken from the chapter "Talk" from the book "How children learn", by John Holt.

marzo 01, 2011

La certeza de lo natural


El otro día me llamó mucho la atención algo que hizo Pao, mi segundo hijito, de tres años: Estaban jugando con palitos de madera haciendo figuras. Después de un rato, me enseñó lo que había hecho y los palitos estaban acomodados como formando letras, aunque no era nada legible. Y me dijo: “Mira mamá, aquí dice Indiana Jones, y acá tengo una M… y si la pusiera al principio, entonces diría Mindiana Jones”

diciembre 29, 2010

El valor de la experiencia

Esta navidad preparé un pavo. Aunque año tras año he visto a mi mamá hacerlo, e incluso he estado con ella y le he ayudado, ahora que la responsabilidad era sólo mía, fue una experiencia totalmente diferente y nueva. Conocía la teoría, pero la experiencia de haber tenido la responsabilidad en mis propias manos me hizo enfrentarme con muchos pequeños detalles que no tenía previstos, y al ser la protagonista de la actividad y al encontrarme personalmente con esas dificultades o errores incluso, tuve que aprender a resolverlos.

diciembre 09, 2010

Lanzando anzuelos

Es maravilloso poder gozar de la libertad de elegir cómo vivir, y por consiguiente, como aprender a medida que atravesamos por la vida. Poco a poco, mi esposo y yo vamos construyendo nuestro propio modelo educativo: los principios que consideraremos a medida que nuestros hijos crecen y atraviesan por su propio camino hacia la madurez. Las últimas semanas han estado especialmente llenas de reflexiones y descubrimientos liberadores. Cada quien tiene la libertad y la responsabilidad de pensar y formular sus propias conclusiones. He aquí las mías... 

noviembre 20, 2010

Acerca de entender a los niños ~ About understanding children


Este asunto de entender a los niños, me parece mucho más verdadero ahora que entonces, incluso tratándose de bebés muy pequeños. El New York Times, en un artículo de 1981 acerca del llanto de los bebés, citó al Dr. Michael Lewis, profesor de pediatría de la Escuela de Medicina Rutgers, quien dijo que aun  bebés pequeñitos de tan sólo ocho semanas de vida cuyos llantos son respondidos, son notablemente más curiosos, sonríen más y se mantienen despiertos por periodos de tiempo mayores. En el mismo artículo, Susan Crockenberg, profesora asociada del desarrollo humano en la Universidad de California en Davis, dijo que el trabajo de un número de investigaciones ha demostrado que "mientras más sensible sea una madre hacia su bebé, menos llora él, más seguridad adquiere y más rápidamente desarrolla confianza" A las mamás que dijeron que pensaban que responder al llanto de sus bebés solamente los "malcriaría", se les hicieron observaciones posteriores y se encontró que sus bebés lloraban más.

Yo he sentido durante mucho tiempo que la ira apasionada con la que muchos niños de dos o tres años lloran, viene simplemente de su sentimiento (tal vez erróneo, tal vez no) de que no han sido entendidos, o peor aun, que sus palabras han sido ignoradas o casual y despectivamente hechas a un lado. Incluso si en algunas ocasiones estamos determinados a someter la voluntad de un niño a la nuestra, deberíamos ponerle cuidadosa atención cuando trata de decirnos lo que quiere. En una discusión con un niño pequeño, siempre he encontrado que decirle constantemente: "Escucho lo que estás diciendo, entiendo que quieras esto o aquello, siento mucho que estés tan enojado y triste, pero no te voy a dar el dulce (o lo que sea)", al menos es amable y muchas veces útil. Pero existe un aspecto mucho más profundo e importante en el que podemos y muchas veces fallamos  en entender a los niños. Ya que son tan pequeños, torpes, inarticulados, simples y también  tan bonitos (para quienes les gustan), que fácilmente podemos subestimar la seriedad de muchas de sus preguntas e inquietudes, y nos reímos de ellos indulgentemente o los ignoramos por completo.
En su reciente, muy corto, muy ameno y también muy profundo e importante libro, Philosophy and the Young Child (Filosofía y el niño pequeño), el Dr. Gareth Mathews, profesor de filosofía en la Universidad de Massachusetts en Amherst, basándose en muchas de sus conversaciones con niños pequeños (en muchos casos, los suyos), deja claro que muchas de las sorprendentes e inocentes observaciones y preguntas que los niños hacen y que los adultos somos demasiado propensos a tachar como ignorantes o tontas, son las mismas preguntas con las que algunos de los grandes filósofos de nuestra historia han estado lidiando desde que la filosofía comenzó. Mathews también señala, amable pero convincentemente, que incluso cercanos y comprensivos observadores de niños, como Piaget y Bettlheim consistente y gravemente han subestimado la capacidad intelectual de los niños y han malentendido o pasado por alto completamente las implicaciones filosóficas de mucho de lo que dicen.
Fragmento tomado del capítulo "Talk" (habla), del libro "How Children Learn" (Cómo aprenden los niños), de John Holt.
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This point about understanding seems to me even more true now than then, even of very young babies. The New York Times, in an article in 1981 about babies' crying, quoted Dr. Michael Lewis, professor of pediatrics at Rutgers Medical School as saying that even as early as the eighth week infants whose cries are responded to are noticeably more curious, smile more, and stay awake for longer periods. In the same article Susan Crockenberg, associate professor of human development at the University of California at Davis, said that the work of a number of researches has shown that "the more responsive a mother is to her baby, the less it cries, the more securely attached it gets to be and the more readily it develops trust." Mothers who said ty thought that responding to their babies' cries would "spoil" them have been found in later observations to have babies who cried more. I have long felt that the passionate anger of so many crying two- or three-year-olds comes not so much just from their feeling (perhaps mistaken, perhaps not) that they have not been understood, or worse, that their words have been ignored or casually and contemptuously brushed aside. Even if in some instances we are determined to bend a child's will to our own, we should pay him very serious attention when he tries to tell us what he wants. When in a dispute with a small child, I have always found it at leas courteous and often quite helpful to keep saying, I hear what you're saying, I understand that you want this or that, I'm sorry that you feel so angry and unhappy, but I'm not going to get you the candy bar (or whatever it is you want me to do)"
But there is a much deeper and more important sense in which we can and often do fail to understand children. Because they are so small, clumsy, inarticulate, and foolish, and also (for those who like them) so appealing, we can easily underestimate the seriousness of many of their questions and concerns, and either laugh at them indulgently or ignore them altogether. In his recent, very short, very readable but also very profound and important book, Philosophy and the Young Child, Dr. Gareth Mathews, professor of philosophy at the University of Massachusetts at Amherst, makes clear from many of his conversations with young children (in many cases, his own), that many of their surprising and naive remarks and questions, which we adults are too liable to dismiss as ignorant and silly, are questions that some of the greatest philosophers in our history have been struggling with since philosophy began. Mathews also points out, kindly but convincingly, that even such close and sympathetic observers of children as Piaget and Bettelheim have consistently and gravely underestimated the intelectual capacity of children, and misunderstood or completely overlooked the philosophical implications of much of what they say.
Taken fragment from the chapter "Talk" from the book "How Children Learn" by John Holt.

noviembre 16, 2010

Un marco acorde

He escuchado a muchas mamás decir: "yo sería incapaz de dedicarme a mis hijos como tú lo haces, porque para mí es de vital importancia tener mi casa impecable y me sería imposible tener que dedicarles tanto tiempo a los niños, sacrificando la limpieza de la casa." También me ha tocado conocer mamás que se invierten de corazón en sus hijos, que dedican horas para estar con ellos y trabajar productivamente, y  en cuyas ropas, cocinas, recámaras, baños y pisos se nota su ausencia. ¿Quiere decir, entonces, que dedicarse al cuidado de los niños indefectiblemente conlleva la imposibilidad de mantener el orden y la limpieza del hogar, y viceversa? 

noviembre 11, 2010

Una relación de atención

Por lo general, cuando salgo a la calle con los tres niños, la gente se me queda viendo y nunca falta quien me pregunte con un tono de mucho asombro: "¿los tres son tuyoooooos?...   ¿cómo le haces con treeeeees???", como si ninguna de esas personas hubiera tenido más de tres hermanos… o hijos - muchas de esas personas son señoras grandes.  Ahora, ser madre de más de dos hijos es considerado toda una hazaña, cuando en la generación pasada, una familia de menos de seis hijos era pequeña. La mentalidad de las mujeres ha cambiado tanto, pero ése es material para otro post. ¿Cómo le hago con tres, sin empleada doméstica y sin mandarlos a la escuela? Me he cuestionado muchas veces esta pregunta a mí misma, y tengo muchas respuestas que me contesto en silencio. 
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